miércoles, 1 de diciembre de 2010

Solo el tiempo y nuestra ingenuidad evitan que podamos encontrar infinitas similitudes entre cualesquiera dos objetos. H. Putnam

Empecemos por descubrir que entendemos por similitudes. Si cogemos, por ejemplo, un limón y una naranja, encontraremos que podemos compararlos rápidamente y diríamos que tienen sabores opuestos, dulce y amargo, pero ambos tienen sabor y ambos son comestibles, ambos crecen en un árbol, ambos son cítricos...y así enumeraríamos toda una serie características comunes y otras que los hacen diferentes como la forma o el color. Estamos comparando un objeto con otro según las características propias comunes en cada uno de ellos y según nuestros sentidos. Pero si vamos un poco más allá y comparamos el color naranja y el amarillo podemos encontrar también puntos en común, ambos aparecen en la fruta después de madurar, ambos son colores cálidos y a diferencia del negro ambos reflejan la luz. De modo que puedo decir que en la mano tengo un cítrico comestible, que cuando crece en el árbol es verde y que adquiere un color cálido cuando madura y el que me escucha no poder saber si se trata de un limón o de una naranja. Aunque al principio el limón y la naranja nos parecían completamente distintos o incluso opuestos si únicamente hubiéramos comparado el sabor, siguiendo este proceso de observación más detallado de cada una de las características propias de cada uno de ellos, podríamos encontrar muchas coincidencias entre objetos parecidos, pero se nos pide que comparemos cualesquiera dos objetos.


Cojamos entonces dos objetos distintos; una manzana verde y un coche negro. Uno es una fruta y el otro un medio de transporte, parecen, otra vez, completamente distintos. Pero si partimos la manzana y el coche por la mitad de ambos obtendremos dos mitades, tenemos entonces una coincidencia en cuanto su identidad numérica, si partimos un cable de alambre de 1m por la mitad tenemos dos cables de 50cm, si partimos un coche o una manzana no tenemos un coche pequeño o dos manzanas pequeñas, su identidad numérica es indivisible en ambos. Si le tiramos un cubo de agua, ambos se mojan y con el calor se secan, si los dejamos sobre una superficie plana sin ningún tipo de impulso ambos permanecen quietos, pero ninguno flota si los lanzamos a un precipicio. Aquí hemos recurrido para poder hacer una comparación a una ley superior al propio objeto, a una constante que reconocemos de absoluta certeza como es la gravedad o que el agua moja. Tenemos que preguntarnos entonces que tipo de constante tenemos desde el cual poder comparar cualesquiera dos cosas infinitamente. Un globo de helio flotará frente al precipicio, el hielo no se seca, ni se moja se derrite. Si la respuesta física a estas leyes puede ser diferente en algunos objetos ¿Cual sería la constante de absoluta certeza que nos permitiría seguir comparando? Tanto el coche, la manzana, el cubo de hielo y el globo de helio son objetos que podemos percibir en nuestra mente y que podemos imaginar. La constante será entonces comparar esos objetos no en relación con ellos mismos, o en relación con nuestra percepción del mundo, sino en relación con nosotros mismos y nuestros valores.

Si pregunto que prefieren que les regale un coche, un limón, una naranja o una manzana estoy seguro que todo el mundo preferiría el coche, estamos comparando el valor y la utilidad, pero si les digo que tienen que comérselo seguro cambian su elección por la manzana o la naranja, estamos comparando el sabor. Si después de cambiar de elección les exprimo la naranja o la manzana sobre un plato de paella y seguro que todos hubieran preferido el limón. Es en función de nuestros valores y nuestras preferencias donde podemos hacer ese tipo de comparaciones y para que sean infinitas solo necesitamos imaginación, inteligencia, tiempo y la voluntad de gastarlos en esa búsqueda. Lo importante en realidad no es tanto si podemos encontrar infinitas similitudes entre cualesquiera dos objetos, sino si podemos disponer nuestro animo para esto fuera cierto. Para ello necesitamos librarnos de la ingenuidad de la percepción del mundo que tenemos y estar dispuestos a explorar las infinitas posibilidades que una nueva mirada a las viejas cosas nos ofrece.



Pero una mirada "pura" sin convenciones nos puede llevar a caer, otra vez, en la ingenuidad y solo tiene sentido, en mi opinión, dentro de una mirada multidisciplinar que incluya todas las anteriores.

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